Redescubrir los colores reales de la música barroca con los pigmentos de nuestro tiempo.

De 1 a 5 de diciembre 2018 

En continuidad temporal y geográfica con nuestro último programa, nos transportamos un cuarto de siglo más tarde, en la década de los noventa del siglo XVII. Después del Edicto de Fontainebleau (1685) y el consecuente acercamiento a Roma por parte de Luis XIV, las particularidades de las misas, y concretamente de la misa del gallo en París empiezan a borrarse para fundirse en el rito romano, dejando poco a poco de lado los tradicionales oficios que venían directamente de la edad media con los Misterios, representando escenas bíblicas en los porches de las iglesias y, más tarde (por las prohibiciones del Concilio de Trento, 1545-1563), con la integración de estos misterios dentro de la música y de los canticos, es decir, dentro de las iglesias. Una forma, para los templos de París, de controlar todo lo político y subversivo de las escenificaciones bíblicas “de calle” que todo ello podía conllevar.

También, como ya hemos podido observar en precedentes conciertos de Transbaroque, la influencia italiana tendrá una importancia creciente a partir de esta época. Michel-Richard De Lalande (1657-1726), el otro gran compositor de música religiosa del ultimo cuarto del siglo XVII y primero del XVIII, irá incorporando, por ejemplo, en sus Grand motets, formas melismáticas y estructuras propias a la música litúrgica italiana, lejos del primer Lalande de nuestro programa, que todavía compone en un estilo muy luiscatorciano. Antonia Bembo (1643?-1715?), compositora que el Rey sol llevó a su corte, es un ejemplo muy interesante de integración de la lengua italiana dentro del estilo musical francés, en el caso de Bembo, siempre tenemos la impresión que estaba por delante de su tiempo, por las armonías de sus composiciones, pero también por su clara intención de hacer evolucionar el estilo francés hacía algo nuevo. Seguramente, tuvo mucha más importancia en la evolución del estilo francés de lo que se le presta. En cuanto a Marc-Antoine Charpentier (1643-1704), su larga estancia como estudiante de Carissimi (1604-1674) en Roma hace de él un compositor “genéticamente” ambivalente. El cruce de estos estilos llegará a su apogeo con las obras de Rameau (1683-1764) en pleno siglo XVIII, siendo este último -paradojalmente, pero también lógicamente- gran defensor del estilo francés en contra del estilo italiano, pelea que culminará entre 1752-54 con la famosa Querella de los bufones.

Con este espectáculo, Transbaroque propone una Navidad imaginada en este final de Grand Siècle, en lugares emblemáticos de la vida cotidiana de nuestros antepasados. No nos olvidemos que el rito navideño era significativamente diferente. Existía un periodo de ayuno de varias semanas, llamado Cuaresma de San Martín, previas a la Navidad, que se rompía con la cena de Navidad, muy copiosa (en las familias aristocráticas y de la alta burguesía), hecha esencialmente de aves (oca, cormorán, avestruces…), frutas, dulces y confites. Se cenaba después de la Misa del Gallo (Messe de Minuit), es decir que no se empezaba a comer antes de la una y media de la mañana… La “inversión” en el orden cena-misa será el producto del siglo del capitalismo, el XIX, por obvias razones económicas y mercantiles. Desde el punto de vista litúrgico, las representaciones pastorales con música, cantadas, teatralizadas y bailadas eran algo muy normal en las iglesias del Paris del XVII. La gente se quedaba fascinada por representaciones de escenas de la biblia que eran mucho más atractivas y accesibles que las pinturas o los vitraux de las catedrales… en pocas palabras, en Navidad, Paris era una fiesta…